La doble cita neoyorquina de junio dejó un reloj de bolsillo Patek Philippe que cuadruplicó su estimación y el triunfo inesperado de Simon Brette
Hay subastas que ordenan el mercado y otras que lo sacuden. La semana relojera que Sotheby's celebró en Nueva York durante la segunda quincena de junio hizo ambas cosas. La casa reunió en la misma ciudad dos de sus grandes citas, Fine Watches e Important Watches, con un catálogo que abarcaba desde piezas históricas de las grandes manufacturas hasta rarezas de diseño de la relojería independiente contemporánea, según la crónica publicada por el diario español OKDiario.
El resultado deja tres titulares que ayudan a entender hacia dónde se mueve el dinero del coleccionismo: la procedencia de celebridad sigue multiplicando el valor, los relojes de bolsillo históricos vuelven a despertar pasiones y los independientes jóvenes ya compiten con los nombres consagrados.
La estrella mediática de la semana fue el F.P. Journe Vagabondage II propiedad de Tom Brady. Los expertos estimaban su venta en torno a los 800.000 dólares y el martillo cayó finalmente en 960.000 dólares, unos 837.000 euros, confirmando que la combinación de gran relojería y procedencia legendaria sigue siendo imbatible en la sala de remates.
La pieza tiene méritos propios más allá de su antiguo dueño. El Vagabondage II ocupa un lugar singular en la obra de François-Paul Journe: caja en forma de tonel, ausencia de las siglas del maestro en la esfera y una concepción que sirvió para asentar los antecedentes de toda la colección Vagabondage. Su primera salida al mercado fue además benéfica, en una subasta que celebraba el 30.º aniversario de Antiquorum y recaudaba fondos para la investigación de enfermedades cerebrales y medulares en París. El Vagabondage I, semiesqueletizado en platino con horas errantes y fechado en 2006, figuró también entre los lotes mejor vendidos de la semana.
La sorpresa histórica llegó de un formato que muchos daban por dormido. Un reloj de bolsillo Patek Philippe que partía con una estimación en torno a los 200.000 euros se disparó hasta los 704.000 dólares, cerca de 614.000 euros, cuadruplicando las previsiones tras una batalla de pujas que devolvió el protagonismo a la relojería de bolsillo clásica. El dato encaja con una corriente de fondo: el coleccionista maduro busca cada vez más la sustancia horológica pura, y pocos objetos la concentran como un gran Patek de bolsillo.
El tercer titular de la semana fue el triunfo inesperado de Simon Brette, el joven relojero independiente francés cuyas piezas superaron las expectativas y confirmaron que la nueva ola de la relojería de autor ha dejado de ser una apuesta de nicho. El fenómeno repite el guion que en su día consagró a Journe o a Philippe Dufour: cuando la artesanía extrema se combina con producción minúscula, la demanda de los grandes coleccionistas hace el resto.
Quedó pendiente de confirmación el resultado del lote con mayor estimación de la semana, el Richard Mille RM 018 Tourbillon Hommage à Boucheron, valorado en 1,4 millones de dólares. La pieza, creada para el 150 aniversario de la joyería parisina Boucheron con piedras preciosas integradas directamente en el calibre, pertenece a una serie de solo 30 ejemplares decorados uno a uno, sin dos unidades iguales.
La lectura conjunta es reveladora. En un mercado secundario general que se ha enfriado respecto a la euforia de 2021 y 2022, las piezas con historia verificable, rareza extrema y procedencia impecable no solo aguantan: baten estimaciones. La brecha entre el reloj corriente y el reloj excepcional se ensancha subasta tras subasta, y esa es, para el coleccionista con criterio, la gran enseñanza de esta semana neoyorquina.