El número de julio de Rapaport Magazine investiga cómo las manufacturas equilibran el toque artesanal con soluciones de IA que aceleran la producción sin renunciar a su identidad.
El número de julio de Rapaport Magazine, ya disponible en papel y en línea, dedica una inmersión profunda a la fascinación por la horología y a cómo se comportan los relojes de lujo tanto en el mercado principal como en el de segunda mano. Entre sus reportajes, uno plantea una pregunta que hasta hace poco habría resultado herética: ¿están los talleres relojeros empleando inteligencia artificial para elaborar un objeto tradicionalmente hecho a mano?
La investigación, firmada por Milena Martins-Alexandre, examina cómo las marcas equilibran el toque individual con soluciones de IA que aceleran la entrega. La cuestión toca el corazón mismo del relato de la alta relojería, un sector que ha construido su valor sobre la idea del gesto humano irrepetible.
El debate llega en un momento de madurez del mercado. Tras los años de fiebre especulativa, el comprador de 2026 es más sofisticado y busca «compras consideradas»: piezas con historia, buena mecánica y diseño clásico. En paralelo, crece el apetito por el lujo experiencial —visitar la fábrica, vivir una compra singular— frente al simple clic en línea. En ese escenario, la IA aparece como una herramienta de doble filo: puede reforzar la promesa artesanal liberando tiempo para los oficios raros, o diluirla si se percibe como un atajo industrial.
El propio sector ofrece ejemplos del pulso entre ambos polos. En la cúspide, técnicas como el esqueletado a mano con sierra —que en algunas manufacturas puede llevar hasta un mes por movimiento— se preservan precisamente porque casi todo lo demás ya se prepara mecánicamente. La IA se instala más bien en las fases de diseño, control de calidad y logística, donde acelera procesos sin tocar el acabado visible. El reto es dónde trazar la línea entre eficiencia y autenticidad.
El número de la revista aporta además datos sobre los compradores: las marcas preferidas por hombres y mujeres, y qué atrae a las generaciones mayores frente a los Millennials y la Generación Z, un público más joven que ha sido «picado» por el gusanillo del reloj de lujo y que convive con naturalidad con la tecnología. Para el aficionado europeo, la conclusión es matizada: la IA no sustituye la mano del artesano en lo que el coleccionista más valora, pero se está convirtiendo en el andamiaje invisible que sostiene la producción. El equilibrio entre ambos definirá la credibilidad de las marcas en los próximos años.