El centenario de la caja hermética que cambió la relojería inspira el modelo más simbólico de 2026 y refuerza el mito del primer reloj sumergible del mundo.
En 1926, Rolex patentó la caja Oyster, la primera caja hermética de la historia de la relojería, un sistema de bisel, fondo y corona enroscados que aislaba el mecanismo del agua y el polvo. Un siglo después, ese hito se ha convertido en el eje narrativo de las novedades de la marca en 2026, presentadas en Watches & Wonders.
La prueba de fuego del invento llegó en 1927, cuando la nadadora Mercedes Gleitze cruzó el Canal de la Mancha con un Oyster al cuello y el reloj emergió intacto tras más de diez horas en el agua. Aquella hazaña, y la campaña publicitaria que la acompañó, fundaron el mito del reloj impermeable y sentaron las bases del marketing relojero moderno.
El Oyster Perpetual 41 es el lanzamiento más simbólico del año. En versión Rolesor amarillo, combina acero Oystersteel con oro amarillo en bisel y corona, y luce una esfera pizarra con detalles en verde. Los guiños al centenario son explícitos: la inscripción «100 years» a las seis en punto y una corona grabada con el número 100. Es una pieza que rinde homenaje sin renunciar a la sobriedad que define a la colección.
La celebración va acompañada de una evolución técnica de fondo: Rolex ha ampliado su certificación Superlative Chronometer incorporando nuevos criterios de resistencia al magnetismo, fiabilidad y durabilidad, reforzando el rendimiento de cada reloj.
El Oyster no es solo una caja: es la arquitectura sobre la que se construyó todo el imperio Rolex. Sin la hermeticidad, no habrían existido el Submariner, el GMT-Master ni el Sea-Dweller, las herramientas que asociaron la marca a la aventura, la aviación y la exploración submarina. El principio de 1926 sigue latiendo, prácticamente inalterado en su concepto, en cada reloj deportivo de la firma.
La lección del centenario conecta con la gran tendencia de 2026: la relojería reinterpreta sus iconos en lugar de sustituirlos. Como recuerdan los especialistas, el Oyster ha evolucionado en materiales, tamaños y acabados —del salto a los 41 mm a las nuevas aleaciones—, pero su esencia permanece. En un mercado que premia la atemporalidad sobre el ruido, celebrar cien años de una idea que apenas ha necesitado cambiar es, en sí mismo, la mejor declaración de principios.